El le había -o al menos eso creyó- dedicado una novela setecientas paginas.
En realidad, aquejado de esa enfermedad del ego, que tienen algunos escribientes, en las setecientas paginas solo hablaba de él mismo.
Ella mas prudente, se limitó a reservar en su diario una docena de caras, aquellas que tenían el color el tacto y el perfume de las sábanas, de aquel hotel para parejas que frecuentaban.
Así cada cita, era como una carta, sin texto. Elaborada en la cama, pensada en los entreactos y en un sobre color rosa palo como el cobertor del mueblé. Con ese color de amor exangüe en que terminaban sus desventuras.
Un día en el futuro, se imaginaba ya anciana leyendo aquellas hojas nunca escritas. Repasando las novelas de sus amantes y contestando aun con orgasmos imaginarios aquellas palabras que nunca le escribieron para ella.
¡Uf los hombres ¿Porqué serán tan egoístas?!
Darío
lunes, 9 de enero de 2012
martes, 15 de noviembre de 2011
El requinto y la llar
Días de lluvia para evocar templando
del guitarro las cuerdas en la cadiera
frente a la llar posado.
Desgrana la memoria jotas y albadas
guitarras y bandurrias del pasado.
Llora y canta, requinto, guitarrico.
y afuera en el tejado un chorrico,
recuelo de la nieve que fundida
la chimenea pasa, surca la pizarra
golpea el trashoguero chispeando.
Junto al cerco de la brasa muere
marcando de la jota un compás
de un tres por cuatro.
Kasi
del guitarro las cuerdas en la cadiera
frente a la llar posado.
Desgrana la memoria jotas y albadas
guitarras y bandurrias del pasado.
Llora y canta, requinto, guitarrico.
y afuera en el tejado un chorrico,
recuelo de la nieve que fundida
la chimenea pasa, surca la pizarra
golpea el trashoguero chispeando.
Junto al cerco de la brasa muere
marcando de la jota un compás
de un tres por cuatro.
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